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Ser deportista, ser apasionado

El deporte es un estilo de vida. Quien practica deporte no vive más, vive mejor. Practicar deporte me hace sentir bien. El día que no entreno es como si me faltara algo. ¿Quién de nosotros no ha escuchado o ha pronunciado alguna de estas frases? ¿Quién de nosotros no defiende a ultranza invertir varios miles de pesos en mejorar nuestras bicis, en comprar el último modelo de zapatillas de running o el último traje de neoprene con menos milímetros de grosor en las axilas, para permitir mejor fluidez en las brazadas?
Estas acciones se justifican con frases como: prefiero invertir dinero en una buena bici y no en médicos, mi mejor terapia es la bici, correr es un cable a tierra, después de nadar quedo hecho una seda y duermo como un bebé. Enumerarlas todas podría ocupar más de la mitad de las páginas de esta revista; sin embargo no es ese el objetivo del presente artículo, sino narrar desde adentro la difícil y a la vez apasionante aventura de ser deportista.

 

Una definición, muchos sentidos 

Si buscamos en el diccionario el significado de la palabra deportista nos encontraremos con lo siguiente: “Dícese de quien practica deporte de forma habitual, sea o no profesional.” Y en esta definición entramos todos, desde quien sale a caminar por placer cada mañana hasta quien dedica más de 30 horas semanales a su preparación para mejorar su performance. Ahora bien, sea el nivel que sea al que hagamos referencia, en todos ellos encontraremos las características comunes que se desarrollarán en esta nota.

 

Fundamentalistas
Defendemos a muerte lo que hacemos y tenemos la plena convicción de que nuestra actividad es la mejor y que el resto del mundo que no piensa como nosotros, sin lugar a dudas, está equivocado. Entre mis deportistas cuento con triatletas, deportistas de aventura, maratonistas, nadadores, mountain bikers y ciclistas. Es muy divertido escuchar en los asados o reuniones a los triatletas cargar a los de aventura con frases como “cuando dejes de jugar con tierra y practiques triatlón vas a saber lo que es un deporte en serio”. A lo cual los de aventura les responden: “Los triatletas son todos unas mamitas que se depilan”. Por supuesto que todo esto se da en el mejor de los climas y sin ánimos de ofender, porque más allá de las diferencias internas somos todos deportistas y en realidad los que están equivocados ¡son todos los demás que no practican deporte!

 

Obsesivos
Dentro de H3O tenemos representantes de prácticamente todos los rubros laborales: médicos, ingenieros, arquitectos, profesores, abogados, contadores, visitadores médicos, carniceros, escribanos, odontólogos, comerciantes, veterinarios y hasta un chico que fabrica palitos para tocar la batería. A pesar de tan diversa gama, encuentro en ellos un común denominador, que es la “obsesión” por entrenar a pesar de los horarios y cargas laborales. A los controles de ciclismo de los días jueves, por ejemplo, asisten chicos de distintos puntos del interior de Córdoba e incluso de otras provincias. Hasta hay un odontólogo de Jujuy que viene una vez por mes a evaluarse.
Más allá de esto, todos mis deportistas hacen malabares para poder coordinar el trabajo y el entrenamiento: desde llevarse la bici en el auto a la oficina y salir a rodar cuando el horario laboral termina hasta salir a entrenar a las 23 horas en invierno porque no pudieron salir antes. O parar en la ruta, hacer la sesión de trote, pegarse una ducha en una estación de servicio y seguir viajando.
En relación con esto, quiero compartir aquí una anécdota de un maratonista. Él estaba en el aeropuerto de Tucumán esperando su vuelo, que partiría a las 19 y que llegaría a Córdoba a las 20:30. Por diversos motivos el vuelo se demoró cuatro horas. Cuando llegara a Córdoba, este “personaje” ( o este chico o este cordobes)tenía pensado hacer su sesión del día de escalera (series en las escaleras de un parque que está cerca de su casa). Ante el atraso de su vuelo, pidió autorización a la policía del aeropuerto para hacer la sesión en una escalera del hall principal. Lo más loco de esta historia es que no tenía ropa deportiva: hizo todo en pantalón de vestir, camisa y zapatos.
No hay manera de sostener estas actitudes si no es a base de pura “obsesión”, y en un límite muy finito rayando con la locura (esto dicho con cariño).

 

Equilibristas de tiempo completo (sub-subtítulo)
Uno de los puntos más delicados de esta aventura de ser deportistas es mantener un “frágil equilibrio” en la relación de tiempos laborales, familiares, sociales y deportivos. El menor porcentaje de los deportistas cuenta en su seno familiar con un apoyo incondicional de su esposa o esposo (novio o novia) para la práctica de su deporte. Pero la gran mayoría recibe en su propia casa y de parte de su familia cuestionamientos como: “¿Otra vez te vas a entrenar?”; o “¡pero si ya entrenaste ayer!”; o “para vos es más importante la bici que tus hijos”; o “claro, vos te vas a entrenar y yo me tengo que quedar con los chicos”; o “¿cuánto me dijiste que vas a gastar en la bici nueva?; o ¿por qué no usamos ese dinero para irnos de vacaciones?”; o “¿por qué tenemos que vacacionar siempre donde hay una carrera”.
Por eso, ser deportista exige un exquisito sentido del equilibrio para saber dosificar con armonía los tiempos que dedicamos a nuestra familia, trabajo, amigos y -lo más importante- ¡nuestro deporte! En el peor de los casos y como último recurso debemos tener la cintura bien entrenada para saber negociar. Por ejemplo, prometer que a la vuelta del Ironman de Brasil nos iremos con nuestra pareja una semanita al Caribe. O que si ella o él te acompañan a Río Pinto luego pueden quedarse unos días posteriores a la carrera para pasear por los shoppings de Córdoba. O, la más extrema de las negociaciones: “Después del Ironman, te juro que nos casamos”. Y eso fue un caso real.
Otra anécdota referida al tema de saber negociar, fue el caso de un triatleta que planificó el nacimiento de su segunda hija para el mes de abril ¡porque en mayo tenía que correr el Ironman!

 

Locos lindos y sanos
Nadie puede negar que la raza de los deportistas es una raza de locos lindos. Somos fundamentalistas, obsesivos, muchas veces pecamos de soberbios cuando le ganamos a un compañero y otras veces somos solidarios, dignos de admiración y respeto. Nuestra locura es sana, potencia la salud, alimenta el espíritu, fortalece el físico y templa la voluntad. Nuestra locura muchas veces contagia y otras tantas genera envidia. Sea como sea: es una locura sana y no hacemos mal a nadie.
Más allá de cortar una arteria fundamental como la Avenida 9 de Julio en Capital Federal para los 42 kilómetros durante el mes de octubre (tan solo un día al año y encima domingo), de superpoblar un valle cordobés entero por motivos del Desafío de Río Pinto o de vestir de fiesta una ciudad completa para el triatlón de La Paz en Entre Ríos, más que estos dudosos males, nuestra locura es sana. Nos sentimos orgullosos de ser deportistas y nos reconocemos a la legua por el modo de caminar, de vestir o de hablar. Nuestra vida no es vida si no incluimos el deporte en ella.

Autosuperación
En la amplia raza de los deportistas hay tantos motivos para la práctica de los deportes como deportistas existen. Las razones que nos llevan a movernos y a hacer esfuerzos impensados para el común de la gente -como salir a pedalear con 40 grados de sensación térmica o con cinco grados bajo cero, levantarnos dos horas antes de ir a trabajar para meter la sesión del día o usar la hora del almuerzo para ir a nadar o pedalear- son tantas que sería imposible enumerarlas a todas: van desde querer bajar unos kilitos, mejorar nuestro físico y que no se nos caiga la “estantería” hasta estar aptos para un cicloturismo por las sierras o por el sur.
Otros pueden elegir como sana excusa el hecho de viajar, conocer nuevos paisajes, personas y culturas. Habrá también quienes lo hacen por una necesidad económica y quienes practican deporte por una cuestión de status (hoy en día un gerente de empresa se posiciona mejor ante sus empleados si además de cumplir con su rol laboral, es maratonista o finisher de un Ironman).
Y estamos los que simplemente practicamos deporte -o “sumamos minutos semanales de actividad física”- por una cuestión predominantemente de salud física y mental, y también están quienes lo hacen por la gloria: representar al país en una competencia internacional o en unos Juegos Olímpicos.
Sea cual sea el motivo -todos y cada uno de ellos nobles y respetables- el denominador comun que tienen es lograr la autosuperación: ganar y ganarse a diario, en cada salida, entrenamiento o competencia.
Hace 21 años que me dedico a entrenar personas y veo que el factor que las unifica es querer mejorar siempre. Y esta mejora no se mide sólo en minutos, velocidades o kilogramos de fuerza, sino que puede ser cuantitativa y cualitativa. Una persona sedentaria que logra después de tres meses trotar tres veces por semana 30 minutos, mejoró. Y el deportista de elite que bate un récord provincial, nacional o sudamericano, también lo hizo.

 

Pasiones 
Por todo lo que anteriormente describí y como ex deportista elite y actual amateur, considero que el deporte es la mejor herramienta para forjar una vida saludable y equilibrada. Como dije al principio, el deportista no vive más, vive mejor, y eso es un capital invaluable en nuestra sociedad actual.
Quien tiene la voluntad de entrenar a diario con frío o calor, con ganas o sin ellas, tendrá luego, a nivel personal y laboral, una voluntad de acero para hacer frente a los problemas cotidianos que la vida presente.
Además, como siempre les digo a mis deportistas: están educando a sus hijos a través del ejemplo, demostrando que con esfuerzo y dedicación se pueden lograr objetivos impensados.
Ser deportistas nos hace ser mejores personas. Nos templa el alma y nos fortalece el espíritu.
Y permítanme, a modo de conclusión, hacer una breve referencia respecto a mi rol de entrenadora de estos “locos lindos”. Soy una privilegiada porque mi profesión y mi pasión coinciden. Ser parte del proceso de mejoramiento de todos mis deportistas es algo que me genera enorme placer. Ver a un triatleta ironman bajar las 10 horas o ver a un “ex-gordito sedentario” terminar su primera maratón en Buenos Aires, o a una mamá de tres niños bajar los cinco kilos que heredó de su último embarazo, me produce tanto placer como acompañar a un deportista a los Juegos Panamericanos o ver a otro salir campeón argentino.
Más allá de todo lo que describí, ser deportista es sinónimo de ser apasionado. Y la pasión tiene razones que la razón no entiende, como versa la famosa frase. Se lleva en la sangre, se siente en el corazón, y quizás sea precisamente por esto que nos gusta movernos, transpirar, entrenar, llegar exhaustos, descansar, reponernos y volver a empezar. Quizás sea por eso que nos sentimos orgullosos de ser deportistas, de coleccionar trofeos o medallas de finisher. Y quizás, también, sea por eso que nos levantamos cada mañana anhelando el momento de salir a trotar, pedalear, nadar o ir al gimnasio.
No pedimos que nos entiendan, solamente que nos acepten con nuestra sana locura. Como dijo unas semanas atrás un deportista mío: hay personas a las que no hay que entender, tan sólo hay que quererlas tal cual son.

 

Elisa Lapenta entrenadora de afamados deportistas de alto rendimiento.
Info: (0351) 15-6225243, h3osports@hotmail.com.

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