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El combate contra la obesidad

Hace más de 20 años que la Organización Mundial de la Salud (OMS) viene advirtiendo que la obesidad y las enfermedades asociadas, como la diabetes tipo II, están entre los males más comunes de la época.
La obesidad puede ser abordada como condición, como síndrome o bien como enfermedad. Basándonos en esta última, podemos definirla como una enfermedad epidémica, metabólica, crónica y estigmatizada que puede conllevar a alteraciones de la salud muy severas, con graves repercusiones cardiovasculares y neumológicas. Su característica más notoria es el exceso de grasa corporal, cuya magnitud y distribución condiciona la salud del individuo.
Esta enfermedad está determinada por factores genéticos y medioambientales. Entre estos últimos distinguimos una alimentación hipercalórica, sedentarismo y estrés.
Haciendo un alto en el punto del sedentarismo, podemos afirmar que el ser humano ha cambiado radicalmente sus hábitos de movimiento en los últimos tiempos. En los últimos miles de años de evolución el hombre pasó de ser cazador y recolector nómade a agricultor, y a continuación hubo dos revoluciones, la revolución industrial y nuestra actual revolución cibernética. El ser humano se mueve cada vez menos y pasa muchísimas horas sentado frente a su computadora o al televisor.
Esto trae consecuencias muy perjudiciales para la salud. Es que el ser humano no está hecho para la hipocinesia (falta de movimiento). Por el contrario, y siguiendo con datos históricos, el hombre de Neanderthal gastaba alrededor de 7000 calorías por día. Es que el gasto energético a través del movimiento es constitutivo del genoma humano. Pero lamentablemente, con todos los avances técnicos y cibernéticos, el ser humano está evolucionando hacia el “homo obesus”.

Población obesa

Recientes estudios confirman el incremento progresivo y acelerado de obesos en el mundo. Incluso algunas estimaciones indican que para 2015 casi la mitad de la población mundial será obesa.
Sin lugar a dudas, estos datos alarman y exigen que de manera urgente tomemos al toro por las astas para combatir esta epidemia.
Hay un índice que se reconoce popularmente como el índice para “medir la gordura”. Se trata del índice resultante de dividir el peso por la altura al cuadrado del individuo.
Sin embargo, esto no es tan así. Este índice no discrimina la composición corporal ni tampoco distingue el tejido magro del tejido adiposo. Se trata más bien de un índice para medir la “robustez” de las personas.
Sin embargo, los índices de masa corporal (IMC) superiores a 40 o inferiores a 17 están asociados inexorablemente a patologías relacionadas con la obesidad o la anorexia. La hiperobesidad suele relacionarse con un IMC superior a 40 y la superobesidad con IMC superiores a 50. En ambos casos, los riesgos de padecer enfermedades cardiovasculares, hipertensión, diabetes e insulinorresitencia son elevadísimos. Una persona con elevado sobrepeso sufre además una sobreexigencia del tejido conectivo ¡Todo el aparato locomotor pasivo sufre! Articulaciones, meniscos, discos intervertebrales, ligamentos y tendones trabajan al límite.

Perímetro de cintura

En la actualidad se sabe que lo más importante del tejido adiposo no es su concentración, sino ante todo su distribución, dado que es el que trae aparejado mayores complicaciones para la salud. Y es que la grasa abdominal subcutánea profunda y la grasa visceral son las que mayor incidencia tienen sobre la insulino resistencia (IR), el riesgo cardiovascular y el síndrome metabólico (SM).
El perímetro de cintura es un buen indicador de la concentración de grasa abdominal. Y éste se debe medir en un punto medio entre el reborde costal inferior y la cresta ilíaca.
En el caso de los hombres, un perímetro de cintura a partir de los 94 centímetros indica riesgos aumentados, mientras que si es superior a 102 se asocia a riesgos muy aumentados de padecer patologías asociadas.
En el caso de las mujeres, un perímetro de cintura superior a 80 centímetros indica riesgos aumentados y superiores a 88 centímetros riesgos muy aumentados.
Existe además un tercer indicador numérico y es el índice que relaciona el perímetro de cintura y el perímetro de cadera (este último tomado a nivel trocantéreo). La relación cintura/cadera no debería superar 0.80 en mujeres y 0.95 en varones.

¿Qué hacer? 

Antes de abocarnos de lleno en una metodología para reducir el tejido adiposo, deseo detenerme en un punto que siempre se pasa por alto cuando se trata la temática de la obesidad, pero que a mi criterio es fundamental para encarar el proceso de adelgazamiento de una persona: el tejido muscular. El tejido muscular estriado esquelético cumple un rol primordial en la pérdida de peso, ya que es éste el principal consumidor de grasa.
Existen tres formas de gasto de energía:
1. Tasa metabólica basal (TMB).
2. Efecto térmico de los alimentos (digestión).
3. Gasto durante el entrenamiento físico (a través del músculo estriado esquelético).
Se sabe que los individuos magros gastan en reposo alrededor de unas 1500 calorías, mientras que los obesos gastan entre 1200 y 1300. Esto se debe principalmente a la diferencia de tejido muscular entre ambos. De ahí la importancia de proponer una metodología de trabajo que tienda no sólo a disminuir el tejido adiposo sino también a aumentar el tejido muscular.
Me “duelen” el oído y el intelecto cuando escucho frases como “vamos a transformar la grasa en músculo”. Biológicamente, esto es imposible. El tejido adiposo tiene una única vía metabólica para su disminución, donde ocurre lo siguiente:
- Se movilizan los ácidos grasos (AG) desde el tejido adiposo hasta el torrente sanguíneo.
- Se transportan esos AG hacia el músculo.
- Se utilizan los AG en la célula muscular para la producción de energía para la contracción.
Por otro lado, en un proceso totalmente separado e independiente, la masa muscular puede sufrir, si se aplica la metodología adecuada, de una consecuente “hipertrofia”, es decir que puede aumentar, pero de ninguna manera esto significa transformar la grasa en músculo.
La pérdida de peso a través del ejercicio no resulta solamente de la simple diferencia entre las calorías que ingresan y las que egresan. Esto es algo más complejo, un proceso a largo plazo.
Además, someternos a una dieta estricta no nos garantiza un resultado exitoso tampoco, dado que la dieta hace disminuir el tejido adiposo pero no incrementa el tejido muscular. De ahí que cuando se la deja de lado, se recupera rápidamente el peso anterior.
Por otro lado, quien baja de peso con ejercicio físico, al incrementar la masa muscular garantiza que el mantenimiento del peso alcanzado sea por más tiempo. Entonces, quien deja de entrenar por un par de semanas no recupera el peso inicial (recordemos que el músculo es una usina que consume glucosa y grasa).
En definitiva, lo óptimo para el descenso de peso es la combinación entre ejercicio físico y dieta.

Metodología

Durante décadas se sostuvo que lo mejor para bajar de peso eran interminables sesiones de trabajo aeróbico a baja intensidad. En la actualidad, gracias a estudios científicos llevados a cabo en los últimos años, se puede comprobar que lo mejor para la disminución del tejido adiposo son aquellas sesiones en las que se combinan bloques aeróbicos con trabajos de fuerza y trabajos de intermitencia (del metabolismo anaeróbico aláctico).
Estos son los denominados circuitos mixtos concurrentes, cuya finalidad no es sólo la disminución del tejido adiposo, sino también, y conjuntamente, el incremento del tejido muscular.
Si bien toda metodología debe seguir y respetar los pasos de una progresión de lo simple a lo complejo, de lo poco a lo mucho y de lo suave a lo intenso, este tipo de sesiones son el objetivo a lograr.
No por ello vamos a descartar del todo los trabajos aeróbicos. En personas de hiper y superobesidad, donde las capacidades de movimiento se ven limitadas por su estructura anatómica, deberíamos comenzar con ejemplos simples en el agua, bici fija o estiramientos, para recién luego de un largo período pasar a las sesiones mixtas concurrentes.
Justamente, el rol del profesional en el ejercicio físico debe cumplir con funciones básicas tales como:
- Desmistificar.
- Ocuparse de la prescripción del ejercicio físico.
- Formar parte de equipos interdisciplinarios.
- Estimular al alejamiento del sedentarismo.
- No iniciar un programa de entrenamiento sin la autorización de un profesional médico.
- Contribuir a forjar un estilo de vida que tienda a mejorar la salud y la calidad de vida.
La ecuación es simple:

Actividad física regular + disciplina nutricional + prolijo estilo de vida

Recordemos que sólo el ejercicio físico sistemático, dirigido por profesionales competentes, permite desarrollar las adaptaciones biológicas necesarias para combatir la obesidad.


OBESIDAD INFANTIL
Los niños no están exentos

Lamentablemente, debemos decir que el problema de la obesidad también está presente en los niños. Esto se debe a diversos factores que trataremos de resumir:
- El empobrecimiento de las posibilidades de movimiento es cada vez mayor.
- Los niños pasan demasiadas horas frente a la TV y la computadora.
- En las escuelas el tiempo dedicado a la educación física es ínfimo, ignorando el efecto beneficioso que ésta tiene sobre la salud integral de los niños.
- Desde la escuela debería contagiarse la inclinación hacia la práctica sistemática de juego, deporte y ejercicio físico orientados a la conservación y mejora de la salud.
- Faltan gimnasios para niños. Debemos terminar con el mito de que los niños no deben ir al gimnasio: sí deben hacerlo, pero supervisados por profesionales de las ciencias del movimiento.


“Someternos a una dieta estricta no nos garantiza un resultado exitoso, dado que la dieta hace disminuir el tejido adiposo pero no incrementa el tejido muscular.”

“Lo mejor para la disminución del tejido graso son los circuitos mixtos concurrentes, en los que se combinan bloques aeróbicos con trabajos de fuerza y de intermitencia.”

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